La situación geográfica privilegiada de la ciudad y la fertilidad del valle del Ebro, que describe Cristòfor Despuig en Los coloquios de la insigne ciudad de Tortosa, han determinado su economía y riqueza a lo largo de la historia. Estos condicionantes geográficos, y el dominio de la desembocadura del río, que garantiza el control comercial y militar de un territorio que crecerá con la conquista cristiana, convierten Tortosa una ciudad próspera y rica durante la Edad Media y la Moderna.

En este contexto, la Tortosa del siglo XVI se convierte en uno de los centros culturales y artísticos más relevantes de la Cataluña de la época del Renacimiento, donde se gestaron y se produjeron algunos de los más importantes y singulares elementos que constituyen nuestro legado cultural y patrimonial.

Vista panorámica de Tortosa en el siglo XVI desde poniente · Anton van den Wyngaerde. 1563
Österreichische Nationalbibliothek de Viena


La Edad Media acabó con una larga crisis que culminó en la Guerra Civil (1462-72) entre Juan II y la Generalitat, agravada por importantes conflictos sociales en el campo y en la ciudad, la expulsión el 1492 de los judíos y la expansión turca por la Mediterránea, que pondrá en peligro el comercio con Oriente. Por otra parte, los nuevos descubrimientos geográficos desplazan las principales rutas comerciales hacia el Atlántico.

Con estos precedentes, el siglo XVI ha sido visto como una etapa de decadencia, aunque hoy, se observa una tendencia clara de recuperación y revisión del período.

En esta línea, a pesar de la falta de estudios sobre esta época en nuestra ciudad, hay diferentes indicios, como la riqueza patrimonial que nos ha legado, que afirman la desmitificación del tópico de la crisis del XVI. La Tortosa medieval que consigue el control sobre un extenso territorio, tanto a nivel político (Veguería) como eclesiástico (Obispado), parece tener la fuerza suficiente para frenar las consecuencias del período de la crisis de finales del medioevo.

Todo indica que la ciudad en el siglo XVI mantiene el ritmo de la actividad económica y comercial. No parece que disminuya la importancia de la navegación y el comercio por el río Ebro: desde Tortosa hacia el interior de la Península se transportaban los productos manufacturados y, en sentido contrario, río abajo, los productos primarios (lana, cereales, aceite carne y pieles). La ganadería, la agricultura y la artesanía constituían la base económica de la ciudad.

Vista panorámica de Tortosa en el siglo XVI des del norte · Anton van den Wyngaerde. 1563
Österreichische Nationalbibliothek de Viena


La importancia y representatividad de la ciudad se hacen evidentes en el hecho que como mínimo seis de los presidentes de la Generalitat (órgano encargado de las relaciones con la monarquía, de administrar los impuestos aprobados por las Cortes y de hacer cumplir las constituciones del país) estuvieron estrechamente relacionados a Tortosa. Entre ellos, destaca la figura de Francesc Oliver de Boteller, abad de Poblet, que presidió la Diputación General durante dos trienios (1587-90 y 1596-98), y que impulsó diversas reformas arquitectónicas en el Monasterio de Poblet y en el Palau de la Generalitat.

Otro de los factores que potenciaron la ciudad hacia el exterior fue la riqueza y la extensión del Obispado, que en el siglo XVI verá aumentar de manera sustancial sus rentas. La mitra tortosina era ostentada por personajes con una sólida formación y de reconocido prestigio como: Juan Cardona (Obispo de Tortosa, 1587-1589), que participó en la organización de la Biblioteca de El Escorial, y Adriano de Utrech (formado en el colegio trilingüe de Lovaina, centre difusor del erasmismo, donde más tarde ejerció la cátedra de Teología), que fue preceptor de Carlos V y designado gobernador general del reino cuando Carlos V viajó a Alemania para ser coronado emperador. Adriano de Utrech tomó posesión de la sede de Tortosa el año 1516, poco después fue nombrado cardenal y, en el año 1522, fue elegido Papa con el nombre de Adriano VI.

En este contexto, no resulta extraña la decisión del emperador de construir en la ciudad un colegio para la educación y adoctrinamiento de los moriscos conversos o nuevos cristianos. En esta tienen mucha influencia las figuras del dominico Baltasar Sorió, lector de la Catedral, y del obispo Juan Izquierdo. Impulsores y ejecutores de este proyecto, y del Col·legi de Sant Jordi y Sant Domènec y de la Universidad Real, la orden de los dominicos generará y promoverá una generación de intelectuales y un importante foco cultural y artístico que impregnará la vida de la ciudad.

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